domingo, 1 de enero de 2012

Yo no tocaría eso

Lawrence y algunos amigos suyos de la Fundación habían montando un pequeño mercadillo de antigüedades y objetos culturales y de gran valor en su pequeño barrio de Little Weckmeister. Joseph, Anthony y yo decidimos ir a hacerle una visita y comprarles algo, hacia una semana que estaba el mercadillo abierto y las ventas no iban muy bien.

Estando allí, Joseph encontró un viejo vinilo de "La flauta mágica" de Mozart y nos lo puso. Nos quedamos mirando al vacio con la mente en blanco siguiendo la suave melodía, sin darme cuenta se sentó una joven a mi lado y empezó a rebuscar entre la colección de vinilos al ritmo de la ópera de Mozart.

- Yo no tocaría eso. - Le dije. - El dueño se puede enfadar.

Lo soltó y me miró sorprendida y asustada.

- Tranquila, es broma. Son de un amigo mío... veo que te gusta Bach.

Antes de hablar me examinó de arriba a abajo con la mirada.

- Buen susto me ha dado, buen señor... - Me dijo con acento de gales del este de alta clase.

- Eh, vaya... puedes hablarme de tu... que educada.

- En mi casa me enseñaron modales, no como a usted, inglés descarriado.

- Si ese es tu mejor insulto quizás te enseñaron demasiado bien.

-No, es broma. Vivo en Chelsea. Me aburría y me he venido aquí a ver si consigo algo que valga la pena. Me llamo Elisabeth, aunque me llaman Lizzy... si como Lizzy McGuire, lo odio, ¿no podían ponerle otro nombre? Lo malo es que la serie salió cuando empecé a salir con mis amigas y entonces se quedó así. - Empezó a contarme su vida, lo cual no me importaba, así que presté atención, o lo intentaba pues era fácil perderse. - Pero lo odio, y mucho, así que decidí ir hacia otro lado y empecé a leer a Byron, Joyce y Dostoievski y escuchar a Bach y Stravinski. Del cuál acabo de encontrar un vinilo muy interesante, pero es un poco caro, además...

- Te lo regalo.

-¿Por qué?

- He venido para  comprarle algo a mi amigo, no vende mucho. ¿Qué más da si es algo para ti que para mí?

- Como quieras.

Fui a ver a Lawrence y le compré el vinilo. Me hablo de una pequeña fiesta, inglesa por supuesto, en su castillo del siglo XIX esta tarde después de cerrar el mercadillo. Acepté  la invitación. Pensé que podría llevar a Elisabeth, así que se lo comenté y también quiso venir.

La noche y la fiesta estaban transcurriendo de forma tranquila y apacible, aburrida, porque no decirlo, era una fiesta de alta alcurnia inglesa, así que me fui con Elisabeth a recorrer toda la casa. Llegamos a una habitación donde habían expuestos varios cuadros de Degas. Elisabeth cogió uno.

- ¿Pero qué haces?
-Me gusta este cuadro. Tu amigo tiene muchos, no le importará que me lleve uno.
- Yo creo que sí.
-Pero si no se lo decimos.
-¿Crees que no se lo voy a decir?
-No.
-No, la verdad es que no. No sé porque, dejaría que te llevases todo lo de aquí.
-Pues vámonos.

Salimos a hurtadillas del castillo y nos fuimos en mi coche. Me pidió que la llevara al centro de Londres. La llevé y me ofrecí a acompañarla a una casa de decía que tenía por allí. Pero me llevó a una casa de empeños donde malvendió el cuadro de Degas y el vinilo de Stravinski... además de robar el dinero de la caja de la tienda. Salimos corriendo por las calles lluviosas de la ciudad hasta llegar a un portal. Llamó al telefonillo y un hombre accedió a abrirnos la puerta. Cuando subimos un hombre alto y corpulento nos recibió.

- ¿Quién es este tío, Lizzy?
-Nada, uno que me he encontrado por ahí.
-Lo hecho de aquí.
-Haz lo que quieras.

El hombre me dio una buena somanta y me tiró a las frías y húmedas aceras cuando más estaba lloviendo. A la mañana siguiente fui a denunciarlo a la policía. Solo estaban mis huellas en el vinilo, el cuadro y la caja, no me había fijado, pero ella había llevado guantes todo el día, no guantes de ladrona, sino de chica de clase alta, elegantes, y igual de funcionales. Terminé encerrado en la misma torre que el hombre de la máscara de hierro hasta el fin de mis días.

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